viernes, 4 de septiembre de 2015

VIDAL


Hugo Marcone El nuevo episodio completo de Arturo Vidal en Pinto Durán quedará solo para algunos elegidos. La gran mayoría de los mortales tendremos que quedarnos con algunos hechos indesmentibles, otros detalles imprecisos y pormenores varios que se inventarán y exagerarán en la medida en que los efectos de la marginación del jugador sea otra lamentable anécdota que se agregue al listado ya tragicómico que registra la selección de Sampaoli.

No hay nadie sensato que verdaderamente no crea que a Vidal en esta pasada "lo fueron" de la selección. Hasta la ANFP, acostumbrada a insultar la inteligencia de la prensa y de los hinchas con ambiguas declaraciones, se ha restado de una defensa corporativa del jugador. Incluso Jorge Valdivia, master para salir jugando en este tipo de renuncio, se anduvo confundiendo en su habitual discurso de víctima y la terminó pateando al corner y culpando a "los sapos" del grupo que andan contando los secretos de las concentraciones.

Pese a todas las advertencias, bochornos, disculpas, compensaciones y vergüenzas, Vidal sigue cojeando visiblemente en su vida extradeportiva. No tiene cuidado, disciplina, pudor ni complejos para salirse del marco de buena conducta que se les exige a los tipos de su categoría deportiva, y posiblemente se comporta así porque se considera intocable y porque muchas veces se le ha "perdonado por intereses superiores". Poco le ayuda también la gente que lo admira, que si bien no tiene obligación de hacerlo, sí podría aportarle algo de criterio y juicio en lugar de aplaudirle las sistemáticas caídas, olvidando que se trata de un deportista ícono que cualquier menor podría tener de ejemplo.

La verdad es que con Vidal está todo dicho. Nadie va a modificar su discernimiento ni sentido de las cosas: ya es un hombre hecho. Solo queda lamentar el infortunio de que alguien al que le sobran talento y carisma le falte inteligencia para enfrentar su condición, y que nadie de los que desinteresadamente lo conocen tenga la valentía de admitir que detrás de su inconducta subyace una enfermedad, social y médicamente tratable, pero que requiere de una fortaleza y voluntad que ningún dinero puede comprar.

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