sábado, 5 de marzo de 2016

REVOLUCION EN LA QUINTA VERGARA ?


El humor político, entonces, sostiene a las instituciones, permitiéndoles eludir la desconfianza y el nihilismo (en vez de desatarlos como fuerzas incontrolables) y enseña, a la vez, a evitar el dogmatismo por la vía de mostrar cuán relativas, hasta la ridiculez, pueden ser las cosas (y las personas)...."

Carlos Peña

Un editorial de este mismo diario -"¿Humor sanador?", aparecida el jueves- llamó la atención acerca de las rutinas humorísticas del Festival de Viña. La tesis del redactor fue que el humor era una "advertencia sanadora", pero que al mismo tiempo podía desatar fuerzas que "escapen al control de todos".

El editorial se refería, por supuesto, a las variadas burlas dirigidas a políticos de todos los sectores y a la forma en que la gente las celebraba. Y sugería, entonces, que la risa del público mostraba la opinión que las audiencias tenían del desempeño de los políticos (y por eso era una advertencia sanadora), pero que, llevada al extremo, podría deteriorar la legitimidad de la función pública (y por eso podía desatar fuerzas incontrolables, como el nihilismo o la desconfianza generalizados).

Ese editorial fue, sin duda, un ejercicio de ironía: el redactor se contagió de lo que pretendía analizar.

Y es que, al revés de lo que allí se insinúa, el humor político en vez de desmedrar a las instituciones, las sostiene.

El humor -reírse de lo ridículo, lo cómico o el sinsentido de ciertas situaciones- nunca ha sido subversivo ni ha desatado fuerzas incontrolables. Por el contrario, en todas las culturas el humor existe para sostener a las instituciones que, sin la puerta de escape de la risa, ahí sí que acabarían en el nihilismo, en la anomia o en la agresión. Por eso Freud observa que, en casi todas las culturas, las minorías (étnicas o sexuales) son objeto privilegiado del chiste: las mayorías subliman así su instinto agresivo y al reírse de ellas son capaces de tolerarlas.

La situación no es muy distinta cuando se trata de la burla de quienes ejercen el poder político. En este caso ya no se trata propiamente de sublimar la agresión (aunque en este caso no habría que descartarlo), sino de celebrar el tropiezo del narcisismo que todos los seres humanos cultivan y que, en el caso del poder del Estado, alcanza niveles sublimes. Como todos saben, la caída es la forma paradigmática de lo cómico. Y es que ella (el resbalón de quien camina solemne, la infracción de la ley por parte de quien la produjo, etcétera) echa a tierra el narcisismo y muestra, para consuelo del que ríe, que quien tenía el poder era, después de todo, un igual.

El humor es también una sana forma de relativismo.

Al poseer lenguaje los seres humanos pueden describir y comunicar la realidad, pero también, gracias al lenguaje, saben que la realidad podría ser otra. Por eso algunos autores, como por ejemplo Koestler, sugieren que el discurso científico y el humorístico poseen la misma estructura: ambos intentan asociar dos ideas que nunca antes se habían combinado, solo que en el caso del científico esa asociación (a la que Koestler llama bisociación) es verdadera y en el caso del humorista arbitraria, exagerada, insólita. El discurso humorístico tiene así la capacidad, como las ficciones, de mostrar la radical contingencia de las cosas que son de una cierta manera, pero que perfectamente podrían ser de otra. Otros autores (por ejemplo, Miguel Orellana Benado) sugieren que el humor, con su rara capacidad de detectar incongruencias, está en la base de la racionalidad.

El humor político, entonces, sostiene a las instituciones, permitiéndoles eludir la desconfianza y el nihilismo (en vez de desatarlos como fuerzas incontrolables) y enseña, a la vez, a evitar el dogmatismo por la vía de mostrar cuán relativas, hasta la ridiculez, pueden ser las cosas (y las personas).

Así, entonces, el discurso humorístico (o las rutinas del Festival, en la medida en que ejercitaban ese tipo de discurso) no cumplía la función ni de advertir ni de corroer. Los humoristas no dijeron nada que las audiencias no supieran o pensaran (por eso sus chistes no cumplieron función de advertencia alguna). Y, en cambio, les permitieron reírse de eso que ya sabían o pensaban tomando distancia de su propia molestia (y por eso en vez de acentuar la desconfianza o el nihilismo, los sublimaron y de esa forma los moderaron).

El redactor del editorial puede entonces estar tranquilo.

Ni una sola de las personas que pagaron su entrada al Festival de Viña o encendieron el televisor y se dejaron infantilizar por algunas horas, coreando canciones, aplaudiendo animadores, riendo con las burlas y llegado el caso pifiando, estaban dispuestos ni siquiera por un momento a transformarse en desconfiados radicales o en nihilistas.

Y si llegaron a la Quinta o encendieron el televisor con ese ánimo, lo olvidaron rápido al ritmo de los chistes.

¿HUMOR SANADOR?

El fenómeno de los números humorísticos que en el Festival de Viña del Mar se han encarnizado contra virtualmente todas las formas institucionales públicas y privadas de nuestro país no puede ser ignorado. Cierto es que, terminado ese evento, irá cayendo en el olvido natural, para permanecer solo en la crónica de anécdotas... El fenómeno de los números humorísticos que en el Festival de Viña del Mar se han encarnizado contra virtualmente todas las formas institucionales públicas y privadas de nuestro país no puede ser ignorado. Cierto es que, terminado ese evento, irá cayendo en el olvido natural, para permanecer solo en la crónica de anécdotas.

No lo es menos que la libertad de opinión y expresión -que obviamente incluye el humor- no puede ser restringida más allá de cuanto la Constitución y la ley establezcan, y cabe presumir -y esperar- que los organizadores de dicho festival y los humoristas respectivos atenderán a no exceder sus límites ni lesionar los derechos de quienes son su blanco.

Asimismo, ese público que exulta al ver arrastrar a tantos a un pantano de descrédito, y aun azuza ese procedimiento, está también en su derecho y no se le puede pedir a una masa que demande refinamientos ni rechace procacidades. Pero si ese mismo público siente que con eso está aprobando una forma de reproche moral, y si se admite que él es representativo de un sentir nacional mayoritario, cabría preguntarse por la incongruencia de que sea indiferente ante otros actos reprochables en que tantos incurren, como, por ejemplo, la creciente elusión maliciosa del pago en el transporte público y muchas otras formas habituales de incumplimiento de obligaciones legales o deberes éticos.

Y, asimismo, contrasta ese repudio con el alto grado de satisfacción con las propias vidas personales en todos los segmentos que muestran regularmente las encuestas, como si lo social y lo individual no estuvieran entrelazados.

Con todo, más allá de esa duplicidad de estándares, resta el hecho de que, transversalmente, las figuras públicas están hoy notificadas de cómo las percibe la ciudadanía. La atmósfera que denota la reacción del "monstruo de la Quinta" da que pensar. Ni derechas ni izquierdas pueden alegrarse, ni autoengañarse con la ilusión de que esa percepción daña más al adversario que a los propios: es todo el sistema institucional el que aparece enjuiciado y descalificado en grado que puede tornarse demoledor.

Si la burla verbal, pero sin mayores consecuencias prácticas, deviniera a la postre en un nihilismo y una desconfianza generalizados, sería el clásico cuadro aprovechable por demagogos que postulen utopías, siempre históricamente fallidas, conmocionantes para las sociedades, y a menudo cruentas. El humor puede ser una advertencia sanadora, pero también desatar fuerzas que luego escapan del control de todos.

CON TODO RESPETO "

Viernes 04 de marzo de 2016

La columna de Cristián Warnken aparecida en "El Mercurio" de ayer nos interpreta a muchos chilenos. Hay ciertas afirmaciones del autor que pueden exagerar las situaciones que vivimos, pero en general contienen un mensaje muy directo: crisis de la política, crisis de las alianzas de partidos y de los partidos mismos, y una crisis de valores republicanos que estamos a diario pasando a llevar, como la tolerancia, el sentido de integridad del país y la visión trascendente a futuro. El país no está conforme con seguir optando entre las mismas desgastadas fórmulas y propuestas y Chile espera un "grito republicano".

Solo me gustaría añadir un comentario. Don Diego Portales decía creer en Dios, pero no en los curas, una crítica a la Iglesia que era muy de su época, y no como el autor atribuye a la derecha chilena actual.

Prof. Luis A. Riveros

MENOS PREJUICIO Y MAS PROPUESTAS .

Viernes 04 de marzo de 2016

Lo sabemos todos, y Cristián Warnken también. Es un hombre inteligente, creativo, culto y, además, "ama a Chile", según nos confesó abiertamente en su columna de ayer. Por eso extraña -por decir lo menos- la contumacia con la que allí dispara contra "moros y cristianos". Hace juicios duros y -a mi juicio- "muy al voleo" contra la izquierda y la derecha. Asocia a los de izquierda con un gag de "Los tres chiflados", y a la derecha la acusa de "despreciar la cultura y el pensamiento, los que le interesan solo como maquillaje".

Al Partido Demócrata Cristiano lo "ningunea" sin más llamándolo OPNIS (Objetos Políticos No Identificados). Aún con fuerzas para despotricar (él mismo nos cuenta que amaneció con ganas de gritar), afirma que "no se ve nada que lo haga a uno levantarse una mañana de un día de elecciones a ir a votar" y que no es ni pesimista ni anarquista al hacer todas estas afirmaciones en una columna de un relevante diario nacional.

"Con todo respeto" (como tituló su columna), hoy más que nunca necesitamos valentía y denuncia, pero -y quizás más todavía- nos urge responsabilidad y altura de miras. ¿Acaso queremos que cada día sean menos los jóvenes (los dos somos profesores) que participen de nuestra democracia? Sus asiduos lectores esperamos de él (y sabemos que puede) menos prejuicio y más propuestas. Eso sí que sería una señal de cultura de un intelectual como él. Que le dé una vuelta.

Magdalena Piñera Echenique

CON TODO RESPETO

Jueves 03 de marzo de 2016

En términos de robo, claro está, no alcanza la dimensión del descaro kirchnerista en Argentina. Los corruptos de la izquierda son más bien rapiñeros de poca monta, más cercanos al "robo hormiga" de sobrevivencia que al desfalco de gran proporción...
Cristián Warnken

La izquierda ha demostrado en estos meses de gobierno una incompetencia rayana en un gag de los "Tres Chiflados". No vale la pena ahondar en ello, se ha vertido suficiente tinta y los humoristas han recibido material gratis para elaborar chistes hasta el 2050. La izquierda, que se arroga a sí misma -y en algunos aspectos tiene- una autoridad moral e intelectual mayor que la de la derecha, es mala para administrar, desprolija, despelotada. Siempre lo ha sido.

En términos de robo, claro está, no alcanza la dimensión del descaro kirchnerista en Argentina. Los corruptos de la izquierda son más bien rapiñeros de poca monta, más cercanos al "robo hormiga" de sobrevivencia que al desfalco de gran proporción. Pero habrá que esperar los resultados de investigaciones judiciales en curso para saber el tamaño de la avidez inédita de algunos de los líderes "jóvenes" de ese sector. Pero igual muchos sacan su "tajadita" y no es inusual ver a militantes de partidos asumiendo cargos en los que no tienen competencias necesarias. Son los "chantas "con los que el país se ha acostumbrado a convivir y a los que en reiteradas ocasiones les hemos dado el voto con la esperanza (casi siempre defraudada) de que podían mejorar. También, por supuesto, hay militantes y funcionarios de gobierno de izquierda de sobrados méritos, técnicos idealistas y muy compeCrtentes, pero su aporte se ve ensombrecido por la tendencia atávica de la mayoría de los burócratas de sus filas a la improvisación y la desidia. ¿Por qué nuestra izquierda ha sido y sigue siendo así? Tarea para algún sociólogo o psicoanalista social lúcido.

¿Y la derecha? La derecha es más prolija, mejor gestora, su pragmatismo y experiencia, que viene desde el mundo de la empresa, le ha dado una mejor capacidad para encarnar sus "ideas" (las pocas que tiene), pero hay un gran problema de fondo: su alma más profunda ha sido cooptada por el amor al dinero, el lucro, el dogmatismo economicista. E ignora y desprecia la cultura y el pensamiento, los que le interesan solo como maquillaje u adorno. "Desprecia cuanto ignora" -como decía Machado-. Cree que un país solo se hace con "lucas" y gestión. Esta derecha del siglo XXI es ignorante como no lo había sido la élite del siglo XIX. No tiene visión, sueños ni valores, aunque cacaree sobre ellos. Su beatería patológica no tiene nada que ver con una verdadera búsqueda espiritual. Ellos no creen en Dios, creen en los curas -como Portales-. Siéntese en un matrimonio cualquiera a conversar con ellos y sentirá el vacío, la falta de profundidad, la ramplonería de sus conspicuos líderes. Y sus varas morales han descendido al mínimo de la colusión miserable y el robo al fisco. Su último presidente en ejercicio fue el que dijo que la "educación era un bien de consumo". Un hombre sagaz para la especulación financiera, pero no para la especulación política ni menos intelectual. ¿Eso es todo lo que tenemos? No diré nada de la Democracia Cristiana, ellos son OPNIS (objetos políticos no identificados) que merecerían una columna aparte y no tienen hoy ningún peso político propio. Con esta izquierda y derecha no llegamos a ninguna parte. Y en los márgenes del espectro político (salvo muy contadas excepciones) no se ve mucho de valor, nada que lo haga a uno levantarse en una mañana de un día de elecciones a ir a votar. ¿Pesimismo el mío? ¿Me he vuelto anarquista acaso? No. Amo a Chile profundamente y sé que esto suena a patrioterismo barato. Pero es así. Siempre los amores nos llevan a decir "clisés". Chile es un paraíso ("dulce patria") administrado por una derecha y una izquierda decadentes. Y cuando uno ve lo que ama en tan malas manos, hay solo dos opciones: o llorar o gritar. Hoy día me levanté con ganas de gritar. Quizás porque estoy leyendo demasiado los diarios. Pido disculpas si ofendí gratuitamente a alguien que se sintiera aludido por estas divagaciones. Fueron dichas "con todo respeto", como dicen en el campo.

jueves, 3 de marzo de 2016

Las “bacheletadas” del primer tiempo


bachelet


Si el gobierno de Piñera nos divertía con las “piñericosas”, ahora entramos en la era de las “bacheletadas”. Cuando todavía no se cumple ni la mitad de su gobierno, parece que en Chile pasamos de la risa al mal humor. Hay buenas razones para ello. Si con Piñera el país crecía, ahora crecemos a tasas cada vez más bajas. Y una anacrónica reforma laboral amenaza con hipotecar nuestro crecimiento futuro. Aunque afortunadamente las bajas expectativas para la economía y la incertidumbre externa han encendido algunas luces de alerta, sufrimos la crisis del voluntarismo político de Bachelet y sus consecuencias.
Ella ha mostrado un liderazgo complejo, guiado por la primacía de su programa. Con elevados niveles de desaprobación, la contumacia se mezcla con la lógica política de las lealtades. Pareciera que a los ojos de la Presidenta sólo la CUT y el PC son leales. Basta ver la discusión de la reforma laboral, el despecho con que trata a algunos colaboradores y el hermetismo reverencial que rodea a su íntimo círculo palaciego.
Bachelet regresó a Chile para realizar los grandes cambios. Bajó del norte con ínfulas transformadoras. En las alturas de su popularidad escuchó el llamado a realizar los grandes cambios estructurales y contraculturales. Inspirada por una lectura equivocada de la realidad del país, se subió a la ola del descontento para enmendar el rumbo. Ciertamente, existía cierto consenso sobre la necesidad de cambios. Pero el problema no han sido los cambios, sino el despelote y la improvisación. En vez de privilegiar la reflexión y la rigurosidad, se optó por la premura y el dogmatismo. La verdad revelada del programa reemplazó la sensatez y la cordura.
Las promesas del programa de Bachelet fueron alentadas, o mejor dicho azuzadas por el furor del movimiento estudiantil. Las marchas entusiasmaron a jóvenes y adultos. Pero en el gobierno de la Nueva Mayoría se produjo una curiosa complicidad entre jóvenes idealistas y abuelos autoflagelantes. Los ánimos refundacionales no los generaron los románticos sueños juveniles. Ellos simplemente llamaron la atención sobre una serie de problemas que debían enfrentarse. No soy experto en Freud, pero pareciera que una especie de sentimiento de culpa alimentó el entusiasmo de muchos abuelos de izquierda. Avergonzados de la Concertación, avalaron y avivaron la fogata refundacional. Basta recordar las primeras declaraciones del ex ministro de Educación Nicolás Eyzaguirre celebrando a “los estudiantes libres por las anchas Alamedas” y sintiéndose parte “del grito libertario por una educación desmercantilizada”. Para qué hablar de su inexplicable autocrítica posterior.
El sueño del socialismo retrógrado había despertado en la elite de gobierno. Los abuelos rejuvenecieron. Nuevamente se sintieron jóvenes. Recordaron los viejos tiempos. Y emprendieron sus inconclusos y añorados sueños sesenteros. Con la popularidad de Bachelet en las nubes, los ideales desplazaron a la realidad, las emociones reemplazaron a la razón y la buena onda pareció sustituir esa rigurosidad que nos había caracterizado y por la cual éramos admirados. Así comenzó el ocaso de nuestras políticas públicas. Las grandes reformas de Bachelet, con sus problemas de diseño e implementación, reflejan esta agonía.
Para esta generación de las rejuvenecidas abuelas y abuelos de la izquierda, esta época de cambios debía convertirse en un cambio de época. Debía ser “su” cambio de época, el de Bachelet. Si la aplanadora parlamentaria era un hecho, la retroexcavadora fue la metáfora más apropiada. La arremetida contra el cruel mercado y el despiadado capitalismo exaltaban el frenesí de los viejos tiempos. Había que entrar a picar el modelo. El demonizado lucro y el mercado se convirtieron en la nueva bandera de lucha. Debía renacer un país de ciudadanos prístinos y solidarios bajo un fortalecido Estado protector. Para ello, la inmaculada imagen de Bachelet convertiría a los escépticos e iluminaría a los ciudadanos. Los derechos universales ya se habían postergado demasiado tiempo. Nuevamente llegó la hora de hacer posible lo imposible. Pero las reformas tropezaron una y otra vez. Y el caso Caval echó un balde de agua fría a la casta imagen presidencial. La madre dejó de ser ese símbolo de esperanza. Vino el realismo sin renuncia. Pero ella sigue adelante con su agenda.
La reforma tributaria, aprobada por los diputados en una histórica e irresponsable sesión fast track, fue un buen ejemplo del ímpetu transformador. Y del fracaso. Existía consenso en la necesidad de aumentar la recaudación y destinar dichos fondos a una educación de calidad. Pero desgraciadamente parece que ninguno de estos nobles objetivos se cumplirá. Lo que se ha hecho en educación es una comedia de errores que nadie entiende. En vez de preocuparnos de los niños y de la educación parvularia, que es lo que importa y hace la diferencia, parece que vamos a poner todos los huevos en la canasta de la educación superior, donde el enredo es incomprensible. Pero es el resultado de una batalla ideológica: el subsidio estatal no debía ser a la demanda, sino a la oferta. En palabras simples, la gratuidad a cambio del control estatal de las universidades. Otra promesa atizada por un capricho ideológico.
A ratos parece que la consigna es echar abajo el modelo sin importar lo que cueste. Ya cayó el binominal. La tramposa Constitución de 1980 es sólo otro legado de la dictadura. Abajo todo lo que huela a los voucher de Friedman. Al final, todo sería culpa de Pinochet y de los Chicago Boys. No hay casi nada rescatable o mejorable. Vaya insensatez. Pero lo más triste es que en este apasionado juego ideológico, la calidad de nuestras políticas públicas se desvanece.
Pronto se cumplirá la primera mitad del gobierno de Bachelet. Si las cosas se han hecho mal, todavía se pueden corregir. Esperemos que así sea. Y que no ocurra, como dijo un destacado comentarista, que sigamos con la cueca en pelotas. En fin, ya veremos cómo se nos viene marzo.

Bienvenidos al Gólgota


Blog de Fernando Villegas

DOMINGO 7 DE FEBRERO DE 2016bachelet caval





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Ha comenzado la segunda temporada de la popular serie Lloremos todos de Arica a Magallanes. El primer episodio, el de reapertura, estuvo a cargo de Su Excelencia, quien a raíz del reabierto caso Caval apareció en los medios con expresión compungida, quizás una oportuna lágrima a punto de caer y la confesión -que ya hemos oído antes, pero nunca está de más recordar los capítulos anteriores- de haber sido un año realmente doloroso para ella y familia.
Lejos estamos de pretender asignarle la autoría del libreto a la actual Mandataria. El llorar en cámara, hasta entonces hecho inédito, lo inauguró el Presidente Aylwin cuando pidió perdón a nombre del Estado por los atropellos cometidos por el régimen militar contra los derechos humanos. Desde entonces y hasta el presente han corrido regueros o hasta ríos de lágrimas tanto por el territorio de la alta como de la baja política. Mejor aún si al llanto lo acompaña alguna clase de crucifixión. A veces dicha inmolación está implícita en la puesta en escena y el ciudadano casi puede ver las tachuelas atravesando las palmas de los mártires. Es, en todo caso, una crucifixión 2.0, versión muy mejorada que no envía a nadie ni siquiera por tres días al otro mundo, sino permite una inmediata resurrección.
Más allá de la política hay precedentes, en Chile, de la peculiar simpatía que alienta el ciudadano común por los sufrimientos reales o fingidos del buen y del mal bandido a la diestra y siniestra de NSJ respectivamente. En la era prehistórica, reaccionaria y retardataria cuando en Chile los asesinos más brutales eran ejecutados, luego de sobrellevar tan penosa diligencia los fusilados nunca dejaban de hacer milagros. La tumba del famoso Chacal de Nahueltoro, cuyo martirologio y redención carcelaria mereció incluso las efusiones de la cinematografía, está repleta de placas conmemorativas por beneficios post mortem otorgados desde el Más Allá. Gracias, Chacal, por favor concedido.
El recetario
Recurrir a la emocionalidad a flor de piel del respetable público es uno de los más viejos y efectivos trucos que conoce la política. Con marciales redobles de tambor, con clarines tocando a funerala, con llantos reprimidos -pero dejando asomarse esa furtiva lágrima para que la vea la audiencia, no faltaba más- con confesiones de culpa, solicitudes de perdón, reconocimiento de errores y todo lo demás son innumerables los políticos que han salvado el pescuezo e incluso inaugurado una nueva fase de prosperidad en sus carreras. El recetario es sencillo pero efectivo: si lo pillan en malos pasos y no hay dudas al respecto, reconozca lo hecho “virilmente” si es hombre y con “entereza de mujer y de madre” si es señora; si la falta aún no ha sido probada y cabe la esperanza de que nunca se pruebe, como es tan frecuente en estos casos, la emoción debida ha de ser de santa indignación ante la campaña de asesinato de imagen urdida por implacables enemigos; si por acción y omisión el evidente responsable permitió que ocurriera una tragedia, entonces los sentimientos recetados son de incredulidad inocente ante el hecho monstruoso de que se nos culpe a nosotros de algo que obviamente es culpa de terceros; si nos pillan con las manos en el cajón, debe pretextarse no haberse usted dado cuenta de nada, porque, como ya se sabe, “mi defecto es que siempre he sido muy confiado con la gente”.  La citada “emocionalidad a flor de piel” del público tiene otra ventaja aparte de la de ser fácilmente conmovida por el presunto sufrimiento ajeno; permite que la rabia, de haberla, se disipe en una semana o dos. Este es uno de los factores -hay otros, tales como lo autorreproductivo que es el poder una vez que se lo tiene- que explican la porfiada permanencia en funciones de tantos políticos, por años de años, insumergibles pese a sus faltas, su mediocridad, deshonestidad, mentiras y fracasos.
Emociones
Las emociones siempre han sido materia prima ideal para confeccionar a la medida toda clase de vestimentas políticas. Después de todo, como decía Anatole France, no hay nada más popular y exitoso que la emoción. Y a veces también nada más necesario. En un cuento de Bradbury que transcurre la noche previa a una batalla de la guerra civil norteamericana y que se prevé terrible, el general se pasea entre los vivac de las tropas y a un niño que es el tambor del regimiento le dice que es el soldado más importante de todos; le explica que sin sus redobles que elevan el ánimo, endurecen los músculos y llenan el pecho de entusiasmo esos hombres que avanzarán hacia el fuego enemigo serían víctimas de una carnicería inenarrable, la que se perpetra en frío, sin la sangre caliente de la emoción que permite olvidar o disipar el miedo y el dolor. El ejército y la marina real británica solían agregar, además, antes del combate, una generosa ración de ron. Por si acaso. En frío ninguna criatura viviente enfrentaría el plomo de las balas y el acero de las bayonetas.
En frío, sin embargo, es como debiera gobernarse. No todos los días hay batallas que requieran redobles de tambor y raciones de chupilca del diablo. El día a día requiere menos sobresaltos hormonales y más chispazos de inteligencia, pero la costumbre o más bien el amaneramiento que se ha instalado, el de lavar desaguisados con lágrimas, ni sigue esa norma ni es digno de las necesidades del país ni contribuye a darles satisfacción. Hemos visto a demasiados honorables, ya sea sorprendidos en un viaje inoportuno o en un pago que lo es aun más, pidiendo excusas por un breve momento y luego haciendo como si nada. Se ruborizan una vez, como ellos mismos aconsejan hacer, para luego continuar afeitándose con cemento.
Peor aún es cuando se planean a sangre fría esos despliegues de emocionalidad para conmover a la buena gente. De hecho esta manía convertida ya en política ha dado origen a una entera y remunerativa industria, la de “imagen”, a cargo de relamidos estetas, cineastas, marqueteros, publicistas y hasta podólogos por si el incumbente ha de mostrar los pies calzados con chalas. El solo hecho de que esta gente replete oficinas enteras del Estado constituye un acto de desprecio hacia el sentido común del ciudadano, señal de que existe la cínica convicción de que al pueblo se le puede conducir por la nariz y todo el tiempo con sólo empaquetar convenientemente la oscura mercancía, una confesión de descaro político del cliente y del proveedor de dicho artículo y en paralelo una total ausencia de verdaderas ideas para llevar adelante un gobierno decente.
Temores
Sin, una vez más, culpar del origen de este estado de cosas a la actual administración, la cual sólo sigue una tendencia empollada hace ya 20 o 25 años, debemos con toda justicia al menos reprocharle el exceso al que ha llegado en esta materia, a su tan delirante sustitución de la realidad por fantasías verbales -“delincuencia rural…”- montadas en escala industrial, a la fabricación de gestos y de señales en vez de juicios, raciocinios y gestiones adecuadas.
Los movimientos políticos que pretenden “transformaciones profundas” por definición se meten en camisas de once varas. Es tarea más intrincada que resolver un problema de geometría diferencial absoluta. Requiere entonces el máximo de atención y control para no meter las patas y abrir las compuertas del caos. Vemos, en cambio, exactamente lo contrario, un despejar la ecuación un día con lágrimas y el otro con amenazas, una semana hablando de lealtad al programa y el otro de fidelidad a la Presidenta como si la conducción de un país fuera cosa de “omertá”, de fidelidades, de obediencia ciega, de estremecimientos y de teutónicos y tremebundos sturm und drang que sólo nos llevan al Kaputt y al Zusammenbruch. La Presidenta entiende: estudió en la RDA.