miércoles, 16 de marzo de 2016

EL V ALOR DE LAS IDEAS

Por Rosanna Costa C.
A principios de año, el destacado economista Xavier Sala i Martin participó en un seminario sobre competitividad, productividad e innovación. En la oportunidad trasmitió varios conceptos que vale la pena retomar. Destacó que ser competitivo y tener éxito no son sinónimos de rebajar costos sino que es más complejo que eso. Para competir en los mercados lo que se requiere es tener una buena idea que sintonice con lo que desean los consumidores (el mercado), ofreciendo un buen producto a buen precio. Si un restaurante de la competencia se está llevando a los clientes, no se atrae a más gente de vuelta solo rebajando costos, sino que es necesario revisar el menú, la atención, la decoración, el ambiente y todo aquello que hace la diferencia para los clientes.

rosanna la terceraLo que destaca son las ideas, las cuales mayoritariamente no provienen de los científicos. Las ideas innovadoras en el 72% de los casos viene de los empleados, el 20% de los ciudadanos normales y sólo el 8% viene de I+D. Es decir, provienen de gente común y corriente que se hace las preguntas adecuadas y ofrece mejores respuestas a las cuestiones tradicionales. En consecuencia debemos preocuparnos de la educación y de la formación de nuestros hijos, que serán la fuente de innovación de mañana, reconociendo además que las diferencias se gestan en la más temprana edad. La diferencia de crecer en hogares que estimulan un espíritu inquieto e innovador versus aquellos donde los padres lo prohíben todo será luego una diferencia irremontable. Facebook ofreció una nueva opción para comunicarse, Zara introdujo un giro en el negocio de la moda ofreciendo otra forma de innovación, Uber simplemente conecta al usuario con un servicio de transporte seguro, de calidad y siempre disponible. Tres ideas que no sólo ofrecen una solución diferente que responde mejor al consumidor que se va adaptando a los cambios con nuevas necesidades.

Lo segundo es evaluar además si en Chile hay espacio para que, una vez planteadas esas ideas, ellas se concreten en lugar de ahogarse en un muro de dificultades y permisos burocráticos o de otra índole. Podemos aplicar al caso de Chile una serie de indicadores como el Doing Business del Banco Mundial, donde encontraremos muchas áreas en las cuales debemos avanzar (tiempo y costo para crear negocios, obtención de créditos, hacer cumplir contratos, permisos de construcción, etc.). Un análisis de la productividad en el país no puede omitir evaluar la calidad de la regulación vigente y su capacidad para adaptarse a los cambios que promueven nuevas tecnologías y desarrollo de mercado.

Veamos un caso concreto como Uber. Se trata de una plataforma que relaciona al usuario que busca un auto privado para movilizarse, con un chofer particular que cuenta con un vehículo adecuado y está capacitado para ofrecer este servicio. Opera con una aplicación en el celular a través de la cual se pide el servicio a la hora que se desee y permite seguir el vehículo con GPS, lo que valoran especialmente los padres que demandan estos servicios para sus hijos. Pero también beneficia a personas con vehículo de cierto estándar que de acuerdo a sus disponibilidades de horario pueden ofrecer el servicio y ello les permite un ingreso adicional.

Pero en otros países se ha visto rápidamente enfrentado al rechazo de los taxistas tradicionales, regulados y sujetos a los costos asociados a esas normas, en mercados donde con frecuencia hay costos de entrada que mantienen restringida la oferta. Es natural que los taxistas tradicionales reaccionen tratando de impedir la entrada de este nuevo servicio, al cual ven (con razón) como un competidor con ventaja. En algunos países se ha optado por regular el nuevo servicio, lo que ha servido para el debate público y así revisar la vigencia de algunas restricciones previas. En Chile, la autoridad los ha calificado de informales cobrando multas y retirando los vehículos de circulación, por cuanto no se encuentran inscritos en el registro correspondiente.

La nueva alternativa ofrece otros desafíos a nuestro regulador, pues también compite con el Transantiago, restándole más pasajeros, y desafía una futura restricción vehicular vía cupos entre otras normas y regulaciones conexas. Claro, se podría implementar tarificación vial y buscar otras fórmulas compartibles, e incluso más eficientes, pero eso exige al regulador una capacidad de adaptación mayor. De paso el regulador debe hacerse cargo que para el usuario es un servicio bien valorado y restringirlo exige restarles un beneficio.

Cómo sea, cómo postulaba Sala i Martin, la pregunta no es sólo si en Chile educamos para el desarrollo de ideas, sino también, si una vez que se nos ocurren (o la también brillante alternativa de imitar buenas soluciones que surgen en otros países), ofrecemos una razonable facilidad para que pueden desarrollarse e implementarse. En este caso, vimos una idea importada, que puede ofrecer bienestar a sus usuarios pero desafía la forma cotidiana de enfrentar el problema. Veremos la capacidad de adaptación del regulador, que hasta ahora simplemente la ha declarado un servicio informal. Pero este es solo un ejemplo. Necesitamos una mirada atenta en todos los sectores donde una burocracia excesiva, una regulación ineficiente o la falta de competencia están cerrando alternativas y choca con ese espíritu inquieto que debiera promoverse desde el aula y acompañarnos siempre. Casos menos conocidos donde la idea simplemente muere en terreno poco fértil. Porque innovar es mucho más que ciencia y la mayor parte de las veces es una genialidad que como se dijo, surge de la gente común y corriente como cualquiera de nosotros.

CAMBIAR EL TONO .

por En la mira Ernesto Ottone

El punto de partida de una convivencia democrática está dado por la existencia y el respeto de las reglas democráticas. Vale decir, de un conjunto de procedimientos que permiten que “quien gane no lo gane todo y quien pierda no lo haga para siempre”, como señala el ensayista Jesús Silva Herzog-Márquez.

Esas reglas incluyen las elecciones libres e informadas, en las cuales cada voto cuente por igual, que se elija frente a alternativas diferentes, que las decisiones se tomen por la regla de la mayoría, pero donde la opinión de la minoría cuente y que pueda transformarse en mayoría si así lo deciden los ciudadanos.

Supone también un conjunto de libertades y un nivel mínimo de igualdad material, para que la libertad no pierda todo sentido para los ciudadanos más desfavorecidos.

Pero la convivencia democrática requiere algo más para funcionar bien: de costumbres democráticas, de conductas democráticas, de estilos democráticos, de tonos democráticos, aquello que los romanos llamaron “mores”.

Cuando Alexis de Tocqueville describió la sociedad naciente de América del Norte en 1832, señalo la existencia de un reino de las costumbres en el que se apoyaba el reino de la libertad, una cierta manera de conducirse que no estaba reglada, pero que era compartida en una sociedad que por su lozanía era más horizontal que la del “ancien régime”, él se refiere a una textura social que favorece la convivencia democrática.

Naturalmente, eso era sólo válido para algunas regiones y algunos sectores sociales de América del Norte. Pero lo importante hasta hoy es el concepto de convivencia democrática que surge de esa observación.

Lo señalo porque veo con preocupación que esa textura, esas costumbres y esas conductas de convivencia democrática están alcanzando en Chile una delgadez preocupante.

Ello se expresa en un tono que hace del sospechismo la mirada normal de unos hacia otros, la expansión de una estridencia algo histérica cuando se debate de la política y los políticos, casi todos ellos convertidos en personajes malignos. Una actitud jacobina que se recoge en algunos medios, donde todos los responsable públicos parecen ser culpables hasta que demuestran lo contrario. Ello se acompaña de una descalificación rápida y categórica del que tiene una opinión diferente.

Tampoco se hacen diferencias entre una falta grave y las películas del avión presidencial, todas provocan la misma indignación, ¡horca para todos!

Aparece en algunos un rencor ácido que hace recordar la frase de Nietzsche “quien busca demasiado la justicia, suele buscar la venganza”, parecería que en ocasiones hay quienes actúan por resentimiento y sueñan con una hoguera para quienes consideran con o sin razón responsables de sus pesares y frustraciones.

Sin duda, hay razones para el enojo y la amargura, para la indignación con quienes han fallado a la confianza pública recibida. Son cosas que tienen que ver con la crisis de representatividad de la democracia en Chile y, de paso, en buena parte del mundo, con los actos de corrupción que han salido a la luz respecto de la relación entre el dinero y la política, con las conductas codiciosas y ruines de algunos empresarios y con los escándalos de uno u otro tipo que no respetan barreras institucionales, y se han producido en la Iglesia, en el Ejército y en el fútbol, “en el mismo lodo todos manoseados”, como dice el tango, que han conducido a un descreimiento generalizado.

El estado de ánimo escéptico que genera esa percepción produce un clima áspero, rudo, agresivo, incluso en momentos de diversión.

Miraba hace unos días un programa de un humorista en el Festival de Talca. En verdad, el humor en una sociedad democrática , estaremos todos de acuerdo, no debe tener otro límite que el de ser divertido. En este caso el cómico no era una maravilla, se suponía que encarnaba a un campesino y que su humor debía basarse en una ingenua picardía, pero su fuerte era un humor grueso, cuartelero, explícitamente soez. Pareciera que algo similar se vivió en Viña del Mar, pero en versión más glamorosa.

Curiosamente, nuestro humorista de Talca cada dos o tres chistes le preguntaba al público: “¿Cierto que estamos muy mal?”. Y claro, no usaba el término “muy mal”, sino otro más coloquial. El público, con gran entusiasmo, respondía al unísono: “Sí”.

La cámara de cuando en cuando enfocaba al público y lo que mostraba no era un pueblo macilento y sufrido, con los rigores de una vida dura marcada en sus rostros. Era gente lozana, bien vestida y muchos de entre ellos parecían estar de vacaciones.

Viéndolos me preguntaba: ¿Será la misma gente que interrogada en las encuestas responde que ellos están bien, pero que el país está mal?

No sé si será así, pero podría ser posible.

No se trata de hacer el elogio de Chile. Como país tenemos muchos problemas que resolver y hay mucho de qué quejarse. Bien sabemos que los avances logrados, por grandes que sean, lo que generan no es satisfacción, sino nuevas aspiraciones y nuevas demandas. Es normal, así somos los humanos, y está bien.

Es cierto, además, que no atravesamos por un momento de crecimiento espectacular, estamos creciendo un mínimo. Pero tampoco estamos viviendo una hecatombe social. Hasta ahora no ha bajado el empleo ni ha subido la pobreza ni la desigualdad. Que se sepa, nuestros derechos y libertades no han sido puestos en cuestión, y si algo tiende a escasear es más bien el cumplimiento de los deberes y la responsabilidad.

Es verdad que el gobierno actual, junto con mostrar logros no menores, ha cometido y comete muchos errores. Pero tengamos sentido de las proporciones, no estamos inmersos en una crisis generalizada y decir que el país no funciona es una exageración, no se sostiene en pie ni por un instante. Las altas cifras de chilenos en vacaciones dentro y fuera del país creo que no deben tener antecedentes en nuestra historia .

Chile no está viviendo en un valle de lágrimas ni creo que lo hará, porque nuestras bases son sólidas. Pero si queremos avanzar más y mejor se requiere, entre otras cosas, un nuevo estado de ánimo, menos desconfiado y más optimista

La pregunta entonces es: ¿Cómo acercar la percepción a la realidad? ¿Cómo hacer para que la sensación térmica se acerque al calor real? ¿Dónde diablos está el ventilador?

Sin duda, se han dado varios pasos en esa dirección . Lo primero es hacer más exigentes las reglas procedimentales que eviten los abusos, frescuras, las sinvergüenzuras y los privilegios que irritan con razón a una ciudadanía más alerta y crítica. Pero también se requiere producir un cambio de tono, y ahí la responsabilidad es de todos, es compartida.

Por supuesto, el gobierno debe dar la pauta, ser más prolijo y preocuparse de dar mejor gobierno; los empresarios deberán pensar algo más en el bien colectivo, pero no con palabras, sino con inversiones; los comunicadores deberán tender a informar con rigor y sin contemplaciones, pero sin sentirse obligados a usar la peluca de Robespierre; los políticos deberían tomar conciencia de que no ayudan a prestigiar su papel con peloteras mezquinas que la gente no aprecia; los gremios sindicales y empresariales deberían levantar la vista más allá de sus intereses corporativos.

Estoy seguro de que así el clima social mejoraría, que se adquirirían costumbres y tonos menos destemplados. La convivencia democrática se reforzaría y administraríamos mejor nuestra libertad y, lo que no es menor, lo pasaríamos mejor.

En caso contrario, la percepción y la realidad terminarían coincidiendo, pero para mal, convirtiendo en realidad lo que hasta hoy es más bien una percepción deformada.

lunes, 14 de marzo de 2016

VITAL

Vive para ti
no para los demás,
si algo es tuyo vendrá
y si no se irá,
no esperes
no te aferres,
decide por tu voluntad
no por lo que otros quieran,
nada es tuyo
ni eres de nadie,
nunca abandones
siempre valora,
lo que tienes hoy
lo puedes perder mañana,
la grandeza esta en el alma
lo material se acaba,
ama con fuerza
quiere con ganas,
vuela tan alto como puedas
y sigue caminando,
usa los ojos para ver
y observa con el corazón,
llora cada vez que quieras
sonríe con cada lagrima,
aprende a sentir el dolor
valora las tristezas,
de todo se aprende
hasta del mismo silencio,
libera las cargas
no te apegues,
si alguien te ama
deja que sea,
nadie es prótesis de nadie
todos estamos completos,
la dependencia es mental
soltar es vital.

ARDIENTES

Esa reacción
que acciona la mente,
erecta emoción
que hierve la sangre,
tu boca juguetona
tus labios candentes,
esas manos traviesas
llenas de lujuria,
me haces tuyo
con solo tocarme,
fuego en tu cuerpo
que enciende el mio,
dos tizones candentes
ardientes de deseo.

UNIDOS

Solo pienso en ese momento
mis manos llenas con tu cuerpo,
tu cabello acariciando mi rostro
tu respiración en mi pecho,
y esa pegajosa emoción
que nos tenia unidos...

domingo, 13 de marzo de 2016

UN ERROR DEL EX PRESIDENTE PIÑERA.

"De un ex Presidente se espera que sea capaz de evaluar críticamente la forma en que obró uno de sus ex ministros que, se sabe ahora, pareció ser más obediente a Contesse que a él...".

Carlos Peña

Las declaraciones del ex Presidente Piñera a propósito de la ley del royalty revelan un error serio:

Tengo -declaró- la más plena convicción de que la ley de royalty minero que nuestro gobierno aprobó fue muy buena y necesaria. (Nos) permitió obtener los recursos que la reconstrucción requería (...) y significó un esfuerzo de solidaridad, porque las mineras contribuyeron al esfuerzo de reconstrucción.

Dijo eso luego de enterarse de que Longueira simulaba ser senador y más tarde ministro, cuando en realidad era amanuense de Patricio Contesse, quien le dictó un artículo de la ley de royalty que luego él promovió, como cosa propia, en el Senado.

El ex Presidente, sin embargo, no formuló reproche alguno a Longueira. Fue como si los dólares que esa regla proveyó al erario fiscal tuvieran la capacidad de apagar el escándalo que significa que un empresario vigile y teledirija, a través de un senador, el proceso legislativo.

Ese es su error.

El error del ex Presidente consiste en celebrar los resultados de una ley, callando toda crítica acerca de las formas empleadas para obtenerlos.

No es un error baladí.

Porque ocurre que la vida democrática opera sobre el principio inverso: en ella lo más importante son las formas. Y es que la democracia, cuando se la mira de cerca, no consiste más que en formas. Su regla básica es un procedimiento meramente formal (la regla de la mayoría); el diálogo que ella impulsa reposa sobre un conjunto de normas también formales (igualdad de los partícipes, ausencia de coacción, etcétera), y el resultado es una presunción de nuevo formal (creer que lo que acuerden los representantes es como si lo hubiera acordado el pueblo).

O sea, la democracia es casi pura forma.

La democracia supone que si se respeta la forma, entonces se producirá un resultado que es sustantivamente mejor que cualquier otro. La razón no es muy difícil de explicar. Como en democracia no se sabe qué resultado es ex ante justo, entonces se acuerda que, fuere cual fuere el resultado, él será justo a condición que se hubiera alcanzado respetando las reglas. Es lo que la literatura (Rawls, entre otros) llama justicia meramente procedimental. Lo justo del resultado en materia política no está dado por un criterio independiente del debate (como la eficiencia o la mayor riqueza, o cualquier otro equivalente), sino por el simple procedimiento que se sigue al realizarlo.

Lo anterior -la primacía de la forma en la democracia- es lo que permite comprender que una democracia siempre es política y moralmente mejor que una dictadura benevolente y eficiente.

Es la diferencia que media entre el punto de vista político y el económico.

La vida política aspira a un mínimo de virtud. Y como ese mínimo en una sociedad plural no puede ser sustantivo (puesto que los ciudadanos discrepan acerca del sentido de la vida), entonces se esgrime una virtud formal que todos deben esmerarse por alcanzar: el respeto de las reglas procedimentales como el fundamento de legitimidad de las decisiones. Económicamente hablando, en cambio, una decisión que afecta a muchas personas se estima mejor o legítima no por la forma en que se haya adoptado, sino por su eficiencia. Si incrementó la riqueza (por ejemplo, mejoró a uno y no perjudicó a ninguno), entonces es correcta y es mejor.

Pero no es el económico el criterio final de la vida democrática.

Si ese fuera -cabría insistir-, entonces las decisiones de un dictador ilustrado y benevolente, lector de economía del bienestar, fiel seguidor de Pareto o crédulo de Kaldor-Hicks, sería mejor que una decisión democrática; y un senador que por malos motivos (por ejemplo, el enriquecimiento personal) hiciera de escribano de un empresario ilustrado (que extrañamente considerara el interés de todos) sería mejor que un senador que se esforzara en oír y dialogar con honestidad.

Por supuesto, el criterio económico tiene importancia, pero solo una vez que las formas, la virtud mínima de la democracia, se salvan.

Al final de su declaración, y cuando se le consultó si acaso tenía una opinión crítica sobre Longueira, el ex Presidente dijo no ser juez.

Y tiene razón. No es juez, y por eso no se espera que juzgue.

Pero es un ex Presidente, y de un ex Presidente se espera que sea capaz de evaluar críticamente la forma en que obró uno de sus ex ministros que, se sabe ahora, pareció ser más obediente a Contesse que a él.

sábado, 12 de marzo de 2016

DIVINA

Esos bellos ojos
que tanto me leen,
saben lo que quiero
ya me conocen...
saborear tus labios
empinar tu cuerpo,
beber tu jugo
comerte despacio...
esas manos suaves
que tanto saben,
excitan mis partes
con solo tocarme...
mi divina debilidad
en el lugar que sea,
sin importar la hora
yo te haré volar.